El uso de D-os en la política venezolana

Shirley Varnagy // 22/11/2017

El desconcierto y la tragedia llaman a D-os sin duda alguna. Nada más humano que consolarnos con nuestra creencias religiosas en tiempos terribles, como los que nuestro país vive en estos momentos. La legitimidad de tal actitud no está en discusión puesto que los credos se fundamentan también en la búsqueda humana de trascendencia y en la necesidad de armarse de valor ante los retos de estar vivo.

El problema comienza cuando la religión se mezcla con la política y se menciona a D-os para captar apoyo de los seguidores de un partido o de una ideología. Existe una frontera nada fácil de determinar entre el respeto y la apelación a los valores éticos de la religión por parte de los políticos -solidaridad, comunidad, respeto por la vida y por el otro- y su uso para fines muy terrenales como intentar desplazar el foco de la ciudadanía de la acción colectiva y de la calidad del liderazgo. En otras palabras, frases como el “tiempo de dios es perfecto”, “fuerza y fe”, “dios está con nosotros”, “la oposición es el diablo”, “Cristo era socialista” combinan pecado con preferencia política -lo cual es muy peligroso- y, peor todavía, deslizan la atención de la evaluación racional de las acciones de partidos y líderes a los terrenos del milagro y la infalibilidad. “El tiempo de dios es perfecto” podría traducirse perfectamente en “nuestras acciones no son efectivas pero el señor nos ayudará”.

Cabe una interpretación de “Fuerza y fe” como hay que aguantar más allá de la razón y los hechos. Frases como “Dios está con nosotros”, “la oposición es el diablo”, “Cristo era socialista” en una sociedad polarizada convierte la política en cruzada. De facto, el gobierno se comporta como si salvara a los venezolanos de sí mismos y sus pecados a través del sufrimiento cotidiano.

La salvación de las almas no es terreno de la política, oficio que debería estar orientado a organizar lo mejor posible la vida terrena. Los políticos no deben esconderse tras la religión para desviar la mirada de sus seguidores de sus desaciertos. La comprensión del sentimiento religioso popular no pasa por olvidar la separación entre la iglesia y el estado -uno de los más grandes logros civilizatorios de la modernidad-, ni por colocar en el terreno del milagro lo que solo logrará la acción humana. Cada quien que se responsabilice por sus acciones y deje de poner en la divinidad el muy humano asunto de cómo dirimir los enfrentamientos y resolver los problemas de la gente